martes, 31 de diciembre de 2013

Claves para el conflicto social / Jornada mundial de la paz / 01.01.14


1. La paz de Dios: sabemos que Dios quiere la paz; nuestro Dios es un Dios de paz. Pablo no duda en saludar a los romanos diciéndoles: “Que el Dios de la paz esté con todos ustedes” (Rom. 15, 33). No quiere Dios la guerra, no quiere la violencia carente de sentido, no quiere que los intereses de unos pocos determinen enfrentamientos de muchos. Claramente, el cristiano no puede justificar acciones propias o acciones de otros que resulten en violencia. Una acción cristiana impulsada por el Espíritu Santo producirá paz como fruto (cf. Gal. 5, 22). Ahora bien, no podemos entender esto como una separación tajante entre conflictos sociales e Iglesia. Podemos rechazar la violencia, no siempre el conflicto. Podemos rechazar la guerra, pero no siempre podemos dar el visto bueno a ciertas situaciones aparentes de paz. Pongamos el siguiente ejemplo: dos vecinos han tenido un altercado, una discusión por cualquier motivo, pero suficiente para producir un distanciamiento entre ellos; actualmente no se agraden, no se insultan, jamás han llegado a una riña, directamente no se hablan; es más, ninguno planea molestar al otro, incomodarlo o vengarse. Entre esos vecinos hay paz falsa. No se violentan el uno al otro, pero se ignoran, cultivan pasivamente la discordia. Como en el mundo de los países, la ausencia de guerra no es sinónimo de paz, sino sólo eso, falta de enfrentamiento armado. Cuando hay discordia no hay paz de Dios, porque no hay hermandad, no hay fraternidad, uno de los valores del Reino. Ese es el mayor problema que suscita un desentendimiento de la verdadera paz, y es que la separamos, la aislamos del resto de valores evangélicos. La realidad del Reino debe mirarse como un todo, en el cual una carencia significa ausencia de la plenitud del Reino. El Reino no es sólo paz, ni es sólo justicia, ni es sólo verdad, ni es sólo fraternidad, sino que es todo eso. La paz de Dios es un estado personal y comunitario basado en la verdad, la justicia y la hermandad; cuando falta uno, difícilmente haya paz. Es deber del cristiano y de la Iglesia instaurar la paz, pero la de Dios, la única absoluta. Si existen situaciones de falsa paz, necesariamente el cristianismo entrará en conflicto contra los que promueven la injusticia, la discordia o la mentira, enemigos naturales de la paz.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Migrantes de siempre / Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo A – Mt. 2, 13-15.19-23 / 29.12.13

Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo. Cuando murió Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel. Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea, donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno.

Los primeros dos capítulos del Evangelio según Mateo están narrados según una técnica rabínica llamada midrash. En pocas palabras, el midrash es un género literario en el que se actualiza una Palabra de Dios del pasado (en la teología bíblica sabemos que la Palabra de Dios siempre es presente, pero aquí se hace referencia a la Palabra que narra sucesos del pasado o que fue dirigida a profetas o hagiógrafos en el pasado histórico). La cuestión que intenta resolver este género es cómo darle marco actual a relatos antiguos, cómo hacer del texto viejo una visión nueva que ilumine el presente de la comunidad. Los rabinos lo hacían todos los sábados en la reunión sinagogal, intentando responder a la pregunta lógica de cómo efectivizar en el presente judío los textos de Moisés. Como la práctica rabínica se hizo habitual y muy valiosa, con el tiempo se concretó en textos escritos que también se llaman Midrash.

martes, 24 de diciembre de 2013

Cuatro navidades / Sobre las formas evangélicas de la Navidad

Mc. 6, 3: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo”


Para el evangelista Marcos no hay relatos de la infancia de Jesús, como sí existen en los primeros capítulos de Mateo y Lucas. Sin embargo, a pesar de esa ausencia que nos duele en nuestra curiosidad, lo que sí hay en Marcos son referencias a la infancia, y no de las mejores. Cuando sucede la última visita de Jesús a una sinagoga (cf. Mc. 6, 2), se le recrimina su falta de autoridad en base a su origen. Este Jesús es un artesano de pueblo (tekton en griego), un trabajador como cualquiera, un hermano entre tantos de una familia numerosa de Nazareth. Y además de todo esto, parece ser un bastardo. Que sus compatriotas lo nombren como el hijo de María en una cultura donde el padre determina la pertenencia sanguínea, es sugestivo. Al llamarlo por su parentesco maternal, lo están acusando de ser un don nadie, inclusive un hijo ilegal, de concepción dudosa. Ser hijo de María no es un título honorífico, como podemos tergiversar por nuestro acervo religioso. Ser hijo de María es ser hijo sin padre, porque no se lo puede nombrar.
Es simpático que lo acusen de desarraigo al que más arraigado estuvo. Es simpático que lo acusen de bastardo al que tuvo más claro que nadie quién era su Padre. Es simpático que lo recriminen desde su familia al que quiso hacer una familia universal de seres humanos. Quizás, la navidad sea el tiempo de los bastardos, de los que nadie quiere, los que nadie reconoce, los huérfanos, los sin-padre. Para ellos y por ellos, el Hijo de Dios nace dudosamente.

martes, 17 de diciembre de 2013

Jesús no lo logrará solo / Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt. 1, 18-24 / 22.12.13

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: Dios con nosotros.Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

Pistas de exégesis 
En el último domingo del Adviento nos introducimos al misterio de la concepción de Jesús. Los protagonistas son cinco: el Ángel del Señor, el Espíritu Santo, Jesús, María y José. No caben dudas que el hilo narrativo hace referencia, y se entreteje, desde José, a diferencia del Evangelio según Lucas, donde María es la voz cantante. Como fácilmente nos percatamos en un sondeo rápido de los relatos de la infancia, hay una perspectiva más mariana en Lucas y más josiana en Mateo. La prueba irrefutable es la dirección que toman las palabras del ángel. Mientras que en el relato lucano la interlocutora del enviado divino es María (cf. Lc. 1, 26ss), para Mateo es José el que tiene las revelaciones; de María se nos pone al tanto que ya está encinta. A continuación, será siempre José quien tenga que tomar las riendas de la familia (del niño y la madre) para trasladarse a Egipto (cf. Mt. 2, 14) y para regresar a Israel (cf. Mt. 2, 21). 
Como la mayoría de los biblistas lo afirman, el auditorio de Mateo está compuesto, en gran medida, por judíos convertidos al cristianismo. Para estos judíos, lo más importante es que Jesús sea el Mesías según las Escrituras; para ello, debe cumplir con las profecías del Antiguo Testamento, debe comportarse como judío (como rabino, más precisamente), y debe ser descendiente del rey David, para estar en consonancia con el anuncio del profeta Natán (cf. 2Sam. 7, 12-16). Mateo cita el Antiguo Testamento en 41 oportunidades (más que Marcos, Lucas o Juan), de las cuales 10 no se encuentran en los otros Evangelios. El título Hijo de David aparece 9 veces en Mateo, mientras que en los otros Evangelios se encuentra 7 veces sumando todas las apariciones.
En este contexto judío está también el personaje de José. Por la genealogía con la que abre el libro (cf. Mt. 1, 1-17), sabemos que hay una línea de conexión entre Jesús y David, y que el último eslabón es José. La importancia de José, entonces, es tremenda. Gracias a él y al papel que desempeñará, es posible dar cabida al mesianismo jesuánico con todas las letras. En el rango de lo hipotético, si José no aceptase hacerse cargo de la paternidad putativa de Jesús, rechazando la responsabilidad de darle un nombre, se caerían las profecías que identifican al Mesías como descendiente de la casa de David. Jesús, sin padre, en una sociedad patriarcal, sería un extirpado de la historia, un bastardo sin raíces. En los términos teológicos de la encarnación, el rol de José es la clave que arraiga a Jesús al Pueblo de Dios (en Lucas, ese rol lo juega María, la hija de Sión). Literariamente, la relación entre la genealogía y la misión de José está en la posible traducción de Mt. 1, 1: “Libro del génesis de Jesucristo…” y Mt. 1, 18: “Este fue el génesis de Jesucristo…”. Ambos comienzos similares marcan una conexión entre la lista de los antepasados y la escena en la que José recibe el anuncio del ángel.
Ahora bien, la pregunta lógica es qué pretende el ángel precisamente al revelarse a José. La interpretación clásica (sin demasiado fundamento en el texto) es que el ángel le viene a explicar la situación de María (el embarazo), que José estaría entendiendo como un engaño de ella, un adulterio. Pero resulta que, ateniéndonos a la perícopa que leemos hoy, lo que el ángel le explica a José es su situación, no la de su esposa. José no duda sobre la inocencia o la moral de María, sino sobre el rol que le toca desempeñar en un plan divino donde, aparentemente, él quedó fuera. ¿Qué necesidad de padre humano tiene el Hijo de Dios? ¿Para qué seguir al lado de aquella que ha sido elegida por el Espíritu Santo? ¿Qué puede aportar un artesano de Nazaret al Mesías? Pues bien, el mensaje del ángel es que José, como hijo de David, o sea, descendiente del rey de la casta mesiánica, tiene la obligación de ponerle el nombre al niño, porque nombrándolo lo adopta como hijo, y adoptándolo lo incorpora a la cadena genealógica davídica, de donde debe provenir el Mesías. Como sugieren algunos biblistas, una mejor traducción de las palabras del ángel podrían ser: “No tengas miedo en llevarte a María, tu mujer. En efecto (como tú ya sabes), la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo al que llamarás con el nombre de Jesús, porque él salvará al pueblo de sus errores”. Mateo, entonces, asume que José sabe lo misterioso del embarazo de María. Esta lectura aclara, también, por qué el autor recalca que José era un hombre justo. Su justicia no está en una moralidad sexual por la cual rechaza el adulterio como impureza. La justicia de José es más grande, más abarcativa, más preocupada por lo fundamental. La justicia de José es aquella que le hace preguntarse por su vocación, por los caminos de Dios, por la posibilidad de hacerse a un costado para respetar la historia de la salvación. José es justo porque antes que su ego está una mujer, un niño y el Reino.
Dos nombres hay para Jesús. Uno es Jesús, Iesous en griego, una transliteración del hebreo Josué que significa Dios salva. Jesús era un nombre común entre los judíos, debido a la historia del conquistador Josué, sucesor de Moisés para entrar a la tierra prometida. El segundo nombre que menciona Mateo, apelando a la profecía de Is. 7, 14: Immanuel, significa Dios con nosotros. A lo largo del Evangelio según Mateo puede encontrarse una cadena del Emanuel. El primer eslabón de esta cadena es la profecía de Isaías que leemos hoy, aplicada por Mateo. Es el Dios del Antiguo Testamento, de los profetas, el que se hace presente en el vientre de María. No ha desaparecido Yahvé, no se ha ido, sino que ha transformado su presencia en un niño. El segundo eslabón está en Mt. 18, 20: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Son palabras de Jesús a sus discípulos, recordándoles que su presencia es continuada en la oración, en la vida comunitaria. Cuando el nombre de Jesús, o sea, cuando su Persona es tenida en cuenta en el encuentro de dos o más seres humanos, Él está allí. El tercer eslabón está en el final del Evangelio, en Mt. 28, 20: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. La muerte no permitirá que Dios deje de estar con los seres humanos, no lo separará de ellos. Con la resurrección se inaugura una nueva presencia transformada que excede los límites de lo material.

Pistas hermenéuticas 
Dios está. Aunque no lo veamos, aunque nos superen las condiciones de vida, aunque nos agobien los problemas, aunque parezca que el mundo se está destruyendo sin intervención divina. Dios está. Para Mateo era una certeza. Para María y José fue una constatación. Para nosotros debiese ser la esperanza. La gente se pregunta, repetidas veces, nos pregunta directamente, se cuestiona, lo saca a relucir en artículos anti-cristianos: ¿dónde está Dios si las personas se mueren? ¿dónde está Dios si hay niños que no tienen para comer? ¿dónde está Dios cuando suceden las catástrofes naturales? El sufrimiento parece ser el mayor argumento contra Dios, su existencia y, en todo caso, su intervención en la historia. Dios está, pero también está el sufrimiento. Los teólogos intentan llegar a una conclusión satisfactoria sobre el binomio sufrimiento/amor, pero terminan encontrándose con un muro difícil de derribar. 

En estas circunstancias, viene al rescate José y aquello de los caminos de Dios y los caminos de los hombres de Isaías. El ángel le dice a José (nos dice a nosotros) que Jesús no lo logrará solo, no crecerá sin un padre y una madre (no cambiará el mundo prescindiendo de nosotros). El rol de José, fundamental en la historia de la salvación, nos recuerda que nuestro compromiso con la historia también es fundamental. Si vemos desfilar los acontecimientos sin intervenir en ellos, nunca le mostraremos al mundo que Dios, realmente, está presente entre nosotros. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La contra-violencia del Reino / Tercer Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt 11, 2-11

(Mt 11, 11-12) Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él. Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo. [Lc 7, 28]

Una paradoja describe la posición del personaje de Juan el Bautista. No hay nadie más grande que él, sin embargo, todos los pequeños del Reino son más grandes que él. Es una paradoja que debe entenderse desde la figura de los pequeños del Evangelio según Mateo, expresada en varias oportunidades y con distintos términos griegos: mikros (cf. Mt 10, 42; 11, 11; 13, 32; 18, 6.10.14) como pequeños en tamaño; pais (cf. Mt 2, 16; 8, 6.8.13; 12, 18; 17, 12; 21, 15) como esclavos o niños; paidion (cf. Mt 2, 8.9.11.13.16.20.21; 11, 16; 14, 21; 15, 38; 18, 2.3.45; 19, 13-14) como diminutivo de pais, que solía utilizarse para niños menores de dos años; thelazonton para los lactantes (cf. Mt 21, 16; 24, 19); elakistos como mínimo o menor (cf. Mt 2, 6; 5, 19); pobre como ptokoi (cf. Mt 5, 3; 11, 5; 19, 21; 26, 9.11). Todo este elenco de pequeños, mínimos y menores constituye el elenco de los desprotegidos de la sociedad, el elenco de los últimos, de los despreciados, y por lo tanto, el elenco privilegiado del Reino. El Reino de los Cielos es de ellos; no hay vuelta atrás.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Fiesta de la Inmaculada Concepción – Ciclo A – Lc 1, 26-38 / 08.12.13

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo". Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.Pero el Angel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin".María dijo al Angel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? ". El Angel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios".María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Angel se alejó.


a) María de Dios: el saludo del ángel tiene dos expresiones interesantes: alégrate y llena de gracia. Sobre el significado griego de las palabras aquí utilizadas por Lucas y su correspondencia teológica se ha escrito mucho. Algunos escriben para defender la Inmaculada Concepción, otros lo hacen para atacarla. Quizás, una de las mejores explicaciones y, consecuentemente, una de las mejores traducciones del saludo del ángel, haya que atribuirla a De La Potterie y a Delebecque: “Alégrate de ser (de haber sido) transformada por la gracia”. Este es el gozo que anuncia el mensajero divino a la muchacha de Nazareth: que se alegre, que salte de satisfacción, porque la gracia de Dios puede transformarla, y no sólo puede, sino que ya la ha transformado. María, mujer judía marginal, perdida en una aldea de Palestina, desconocida de la historia de los Imperios, es la Madre de Dios. Claro que Yahvé la ha transformado, y por supuesto que es pura gracia esa transformación. La gracia es regalo, es el propio amor de Dios que se derrama gratuitamente. El honor de llevar a Jesús en su seno es un regalo de amor, es el regalo de la vida divina que pasa a habitar en su vientre. Dios la ha elegido para algo grande, y para eso la ha dotado, la llenó de gracia, o sea, la llenó de su amor. Porque es el amor de Dios lo que permite emprender las grandes proezas. Los que son capaces de dejarse amar por ese amor y, a la vez, intentar reproducirlo con el prójimo, son los que hacen de la historia un camino de Reino de Dios. Son aquellos que se dejan amar y aman como María, o como Jesús, o como Pablo, o como tantos que han entendido la gratuidad a partir de las enseñanzas del Maestro: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mt 10, 8b).

jueves, 5 de diciembre de 2013

Haciéndose Iglesia - Credo Ediciones / Nuevo libro

Hemos publicado, con Credo Ediciones, un nuevo libro. Se llama "Haciéndose Iglesia" y es una colección de escritos sobre la posibilidad de ir haciendo la Iglesia mientras, al mismo tiempo, la recibimos como don. La paradoja de construir lo ya construido. El formato actual del libro es e-book. Dejo los links de los sitios donde se lo puede adquirir, un fragmento del prólogo y la tapa.

http://www.amazon.com/Haci%C3%A9ndose-Iglesia-Spanish-Leonardo-Biolatto/dp/3639520793
https://www.morebooks.de/store/es/book/haci%C3%A9ndose-iglesia/isbn/978-3-639-52079-8
http://www.muchoslibros.com/libro-Haciendose-Iglesia/Biolatto-Leonardo/9783639520798/US/
http://www.bokus.com/bok/9783639520798/haciendose-iglesia/

Cuando tomé la decisión de titular esta colección de escritos como Haciéndose
Iglesia, no creí que hubiese mayor complicación. Pero con el tiempo, mientras
agrupaba los textos y los corregía, nació una duda. ¿Es posible seguir haciéndonos
Iglesia? ¿Acaso la Iglesia no está ya hecha y fundada por Jesús? Y profundizando un
poco más, valía preguntarse también qué grado de participación teníamos los
discípulos de Jesús en la construcción de una realidad (la realidad eclesial) que nos
excede y que es don de Dios. ¿No hace la gracia divina la Iglesia y nos la entrega?
Con el paso de los días, con la revisión de las palabras que iban conformando esta
colección, me convencí de la imperiosa necesidad de hacer la Iglesia que ya está
hecha. Esa es la paradoja en la que nos movemos. La Iglesia es el don de Dios, el
regalo que nos deja y que se sustenta por su gracia. Sin ese sustento, la Iglesia se
habría desmoronado hace varios cientos de años. Por el otro lado, y en comunión con
el don, la Iglesia es fruto de un trabajo de comunión de discípulos de Jesús que se
comprometen con el compromiso de su Maestro y que continúan el compromiso de
sus antepasados: los Doce, Pablo, las comunidades de Antioquia, Jerusalén y Roma,
los mártires. Hay una historia humana que fue haciendo a la Iglesia, la fue
configurando. A veces muy cercana al ideal del Evangelio. A veces distante,
cometiendo errores. Son esos errores, esos pecados, los que demuestran la
participación activa de los seres humanos en el hecho de hacernos y hacer la Iglesia.
Y vamos haciéndonos, en un presente continuo. No hemos alcanzado la perfección
eclesial ni estamos al principio del camino. Vamos caminando, con mayores o
menores aciertos. Lo importante es no perder el rumbo, no descarrilar abruptamente,
no olvidarse de Jesús. La clave estuvo, y sigue estando, en recuperar las raíces
evangélicas. Volver a Jesús. Somos capaces de hacer Iglesia cuando respetamos la
memoria del Maestro, cuando nos atrevemos a leer el Evangelio y dejar que nos
obligue a cambiar. Somos capaces de hacer Iglesia, justamente, cuando cambiamos y
asumimos que el cambio es parte del camino que elegimos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Qué aprendió Jesús del Bautista? / Segundo Domingo de Adviento – Ciclo A – Mt 3, 1-12 / 08.12.13

Un fragmento de un libro terminado en mi computadora que espera publicación. Sobre el Reino de Dios, sobre esa obsesión de Jesús. Y, aparentemente, obsesión también de Juan el Bautista.

(Mt 3, 2) Juan el Bautista proclamaba: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”.

La figura de Juan el Bautista ha sido controvertida desde los inicios del cristianismo. Las primeras comunidades tuvieron que hacer teología y cristología definida para dejar en claro qué tipo de relación había entre él y Jesús. Esa relación determinaba quién era el más grande, quién era el más fuerte, quién era maestro de quién, quién era el Mesías. Como en la época del Jesús histórico, en la Iglesia también hubo seguidores/discípulos del Bautista y seguidores/discípulos de Jesús. Por momentos en hermandad, por momentos enemistados. Hoy, los historiadores coinciden en su grandísima mayoría, sobre un período en la vida de Jesús en que fue discípulo del Bautista, incluso permaneciendo un tiempo en el desierto junto a este. Con el paso del tiempo, Jesús habría penetrado más el misterio divino y comenzaría la separación de Juan para iniciar solo su camino, desde la perspectiva que había descubierto del Reino de Dios. Como veremos en breve, el distinto entendimiento que cada uno tuvo sobre el Reino fue lo que trazó caminos separados para cada cual.

lunes, 11 de noviembre de 2013

No esperes a mañana para ser perseguido / Trigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc. 21, 5-19

Y como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: “De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?”.Jesús respondió: “Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin”. Después les dijo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

Como ocurre en cada final de los ciclos litúrgicos, nos concentramos en las palabras más apocalípticas de Jesús. Los estudiosos llaman apocalipsis sinóptico a los textos conservados por Marcos, Mateo y Lucas como discurso del Señor sobre los últimos tiempos. En Marcos lo encontramos en su capítulo 13, en Mateo en el capítulo 24 y en Lucas en el capítulo 21. De cualquiera de las tres maneras, nos hallamos en la sección final de la vida narrada del Maestro. Por lo tanto, este texto no puede entenderse sin todos los capítulos previos de cada Evangelio. Es imposible interpretar las frases de este Jesús apocalíptico sin tener en cuenta el mensaje total jesuánico. Porque, convengamos, la primera impresión al tomar estas perícopas es que ha sido un rejunte de sentencias, más o menos históricas, sin demasiado nexo entre sí. Algunos biblistas postulan como teoría la existencia, anterior a Marcos, de un panfleto elaborado por grupos entusiastas del regreso inminente de Jesús. Este panfleto, probablemente redactado entre los años 40 y 60 d.C., habría sido tomado por Marcos, quien le produciría modificaciones propias de su teología. Mateo y Lucas adaptarían para sus libros la adaptación marquiana. En estos sucesivos pasajes, cada uno elegiría lo conveniente y agregaría lo necesario para su época y su comunidad.

martes, 5 de noviembre de 2013

Ya no pueden morir, porque son hijos de Dios / Trigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 20, 27-38 / 10.11.13

Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”.

Pistas de exégesis
La disputa de Jesús con los saduceos está conservada en los tres Evangelio sinópticos. Mt 22, 23-33 y Mc 12, 18-27 son el pasaje paralelo a Lucas que leemos hoy en la liturgia dominical.
Jerusalén era el territorio básico de acción de la secta saducea. Difícilmente se encontraría uno de ellos fuera de la capital y, mucho más difícil, fuera de la provincia de Judea. En realidad, esto se debe a que formaban más un partido político que un movimiento religioso. Su origen histórico hay que buscarlo en el siglo II a.C., en la época de los Macabeos. Primeramente, la secta habría nacido alrededor del 175 a.C. con un grupo de sacerdotes opositores al manoseo que se realizó con el cargo del sumo sacerdote del Templo, comprado por Jasón al rey Antíoco IV Epífanes. Más adelante, los saduceos se convierten en fieles seguidores de Juan Hircano, hijo de Simón Macabeo, iniciador de la revuelta que logró purificar el Templo de ese manoseo. Juan Hircano, entre el 134-104 a.C., además del sumo sacerdocio, hizo todo lo posible para ser considerado rey, por ejemplo, acuñando monedas con inscripciones de su título. Al mismo tiempo que Juan Hircano recibía el apoyo saduceo, los fariseos se ponían en su contra. El nombre saduceo deriva de Sadok, sumo sacerdote de la época de Salomón (cf. 1Rey 2, 35). Los saduceos se consideraban descendientes de este personaje, reforzados en la profecía de Ezequiel que asegura que los hijos de Sadok serán los encargados de ministrar frente al mismísimo Yahvé en el final de los tiempos, dentro del templo escatológico que describe el profeta (cf. Ez 40, 46; Ez 44, 15). A pesar de esta profecía escatológica, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos ni en la existencia de espíritus o ángeles (cf. Hch 23, 8). De las Escrituras consideraban sólo como inspirada la Torá o Pentateuco, los cinco primeros libros; y su interpretación de la misma es literalista. Al limitar su mirada sobre el más allá, creían que Dios recompensaba a los seres humanos en vida con las riquezas: los buenos eran ricos y los malos pobres. Obviamente, todos los saduceos pertenecían a la clase alta y se designaban como pueblo elegido y bueno.

martes, 29 de octubre de 2013

Jesús bajo llave / Trigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 19, 1-10 / 03.11.13

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

Pistas de exégesis
Jericó es la gran ciudad de entrada a la provincia de Judea para los peregrinos que vienen de Galilea. Por eso no pueden dejar de mencionarla Marcos ni Mateo ni Lucas. Para Marcos, el episodio clave en esta ciudad es la curación del mendigo ciego Bartimeo (cf. Mc 10, 46-52). Para Mateo, esta curación no es de un ciego, sino de dos, que al unísono piden la piedad de Jesús (cf. Mt 20, 29-34), y no sucede dentro de Jericó, sino saliendo de la ciudad. Finalmente, Lucas pone al ciego antes de Jericó (cf. Lc 18, 35-43), e incluye, como material propio, dentro de la ciudad, la conversión de Zaqueo. Como símbolo del comienzo del final del peregrinaje, Jericó resume algo que cada autor haya considerado importante para el discipulado. En Marcos, claramente, Bartimeo es el discípulo-modelo. Para seguir a Jesús hay que ser como ese mendigo ciego, hay que aprender a ver y ponerse en camino a Jerusalén. En Mateo, el mensaje es similar, sólo que se trata de un par de ciegos, y como par, representantes de una humanidad que, al borde del camino, en el margen, sólo puede ser rescatada por la cercanía de Jesús. En Lucas, el mensaje del final del peregrinaje se complejiza. Al ciego se agrega Zaqueo, y juntos forman un díptico que no puede analizarse por separado.

lunes, 21 de octubre de 2013

Oh, Dios, convierte mi perversión / Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 18, 9-14 / 27.10.13

Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: “Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas'. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!'. Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".

Pistas exegéticas (qué dice el texto)
Para muchos estudiosos de la vida de Jesús, es imposible comprenderlo a Él sin el movimiento fariseo. Para algunos, Jesús era fariseo, para otros pertenecía a un partido completamente opuesto. Para otros tantos, su mensaje evangélico es heredero del farisaísmo con modificaciones pequeñas y sustanciales. Quizás, uno de los mejores resúmenes a este problema esté en Mt 23, 3: “Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan [escribas y fariseos], pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen”. Lo que Jesús critica es la hipocresía de algunos que se consideraban más justos que el resto del pueblo, y las reglas que, devenidas de ese sentimiento, creaban una separación social deformando la relación con Dios. La doctrina farisea no es totalmente errónea ni mucho menos, pero si el espíritu que la impulsa es la comercialización con Dios y la división entre justos e injustos, entonces no es compatible con el Evangelio. Seguramente, Jesús sentía cierta afinidad por algunos grupos de fariseos, lo cual explica, paradójicamente, sus enfrentamientos; si hay tanta interrelación entre el Maestro y ellos, es porque se encontraban en varios puntos.

martes, 15 de octubre de 2013

La oración que hace justicia (Discípulos de este Siglo, Editorial Claretiana) / Vigésimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 18, 1-8 / 20.10.13

Después Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: “En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”.Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.

Dejo algunos fragmentos del libro Discípulos de este Siglo que editamos el año pasado con Editorial Claretiana de Argentina, sobre algunas parábolas de Jesús. Aquí van partes del capítulo dedicado al juez injusto y a la viuda insistente.

El tema de la oración es muy querido por Lucas. Atraviesa su obra de punta a punta. Este hincapié lucano en la oración tiene dos asideras. La primera es el Jesús histórico, seguramente hombre de profunda oración. Pero no la oración en el sentido puritano de la palabra, sino la oración hecha vida, la oración cotidiana, de todos los días, la que se hace haciendo. No hay una esquizofrenia ni un muro separando al Jesús que ora sudando sangre (cf. Lc 22, 44) del Jesús que cura al paralítico (cf. Lc 5, 18-26). Todo está bajo el mismo arco de acción. La segunda asidera para Lucas es la situación de su comunidad. Una de las grandes preguntas de la humanidad, que se intensifica en tiempos de crisis, es por qué Dios no contesta algunas oraciones. Más allá de la bonita esperanza en el Dios que todo lo responde y la búsqueda de situaciones particulares que, de alguna manera, se relacionen con algún pedido hecho a la divino, lo cierto es que, por momentos, parecemos creer en un Dios ausente. En muchísimas situaciones de injusticia se refleja la desesperación humana de llegar a suponer que estamos perdidos en el universo, que Dios no escucha el clamor de su pueblo. En la comunidad lucana, apremiada por una escatología que no termina de concretarse, este tema se potencia. Si se suponía que Jesús volvería inmediatamente, la demora de su regreso no podía despertar otra cosa que suspicacias.

martes, 8 de octubre de 2013

Pasar de la impureza a la vida / Vigésimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 17, 11-19 / 13.10.13

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea.Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

Para entender esta escena hay que entender la situación del leproso en Israel. La vida de estos enfermos está regida por el libro del Levítico del Pentateuco. Al declararse el diagnóstico, que realizaban los sacerdotes, la persona era declarada impura (cf. Lv 13, 8). La declaración de impureza, en el contexto de la religión judía, es muy fuerte. Ser impuro implica una verdadera separación de la sociedad, una marginación con todas las letras. La impureza no sólo está limitada al ámbito de lo religioso, sino que se extiende a la vida social, lo que es lógico en un pueblo que difícilmente separa lo político de la religión. Baste remarcar que los encargados de la acción médica son, en este caso, los funcionarios de la religión. Es en el templo en donde se decide quién está enfermo y quién no, decidiendo así quién es aceptado y quién excluido. La impureza coloca al impuro en el último escalón social. Según Lv 13, 45 el leproso andará con la ropa desgarrada, los cabellos sueltos, y gritando “¡Impuro, impuro!”. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, su morada debe estar fuera del pueblo (cf. Lv 13, 46), al margen, separado.

martes, 1 de octubre de 2013

¿Cuándo empezó todo a tener un precio? (cita de Alejandro Filio) / Vigésimoseptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 17, 5-10 / 06.10.13

Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: Arráncate de raíz y plántate en el mar, ella les obedecería.Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: Ven pronto y siéntate a la mesa? ¿No le dirá más bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”.


El texto litúrgico de hoy comienza con una frase reconocida de Jesús sobre la fe que es del tamaño de un grano de mostaza. En primera instancia, si rastreamos a través de los Evangelios la figura de la mostaza, la encontraremos en dos perspectivas conectadas. Se la utiliza para comparar el Reino de Dios, que se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en un campo y, aún siendo la más pequeña de las semillas, llega a convertirse en un arbusto donde se refugian los pájaros (cf. Mt 13, 31-32; Mc 4, 31-32; Lc 13, 19); y para hablar de la fe, de la cual abundaremos más adelante. Lo importante y concordante es que siempre el punto de inflexión es lo pequeño que lleva a lo grande.
Ahora bien, este factor sorpresa desaparece cuando se trata de conocedores del tema, como seguramente lo eran los oyentes de Jesús. Tanto los campesinos como las amas de casa sabían que un grano pequeño de mostaza se convierte en arbusto y que la levadura hace fermentar toda la masa. Pues bien, para ellos, la sorpresa está en la comparación misma. El Reino de Dios, que cualquier judío asociaría con un hecho grandioso, de dimensiones cósmicas, inabarcable, resultar ser diminuto, imperceptible. Ese es el giro sorpresivo de las parábolas. A un concepto supuestamente entendido se lo cuestiona desde las imágenes cotidianas.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Dios clama por la liberación (Discípulos de este Siglo, Editorial Claretiana) / Vigésimosexto Domingo Del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 16, 19-31 / 29.09.13

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”. “Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”. El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento”. Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”. “No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”. Pero Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”.

Tras una ausencia del blog (en realidad, de las conexiones a internet), dejo el comentario para el próximo domingo, con la parábola de Lázaro y el rico que banquetea. La abordé en el libro “Discípulos de este Siglo”, que editamos el año pasado con Editorial Claretiana de Argentina. Como siempre digo, aquí dejo algunos fragmentos para tentar con la lectura.

La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro es otra joya literaria propia de Lucas. Respecto a los nombres de los protagonistas debemos hacer dos aclaraciones. En primer lugar, el texto no da a entender que el rico se llame Epulón, como tradicionalmente lo llamamos casi sin preguntarnos; todo proviene de la palabra en latín que traduce el griego eufraino (dar banquetes o banquetear), y que es epulabatur. Con la traducción latina de la Biblia quedó asentado que el rico era un epulón, un banqueteador, y por eso el nombre tradicional. Por el otro lado está Lázaro, que resulta ser el único personaje de las parábolas lucanas con nombre propio. Lázaro, en griego, proviene del hebreo Elazar o Eleazar, que significa Dios (es) ayuda. Tras estas aclaraciones, del tercer personaje involucrado, Abraham, mucho no podemos decir que no se sepa por cultura general bíblica. Jesús se toma el atrevimiento de elaborar una parábola donde el padre de la fe israelita manifiesta una mirada teológica. El encabezado de esta sección del Evangelio, que está en Lc 16, 14, explica que los destinatarios de la parábola eran “fariseos, amigos del dinero, que escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús”.
La parábola tiene tres escenas. La primera es la escena breve que establece el contraste. Por un lado está el rico que viste púrpura y lino fino y que banquetea. Tres lujos dan cuenta de su personalidad: es un despilfarrador. A diferencia de otros ricos del Evangelio, éste no ejerce una opresión directa, no tiene empleados explotados ni cargo religioso desde el que dictamine órdenes de pureza ritual-moral. Su opresión es indirecta, porque en el despilfarro, en el gasto exagerado, en el lujo excesivo, realiza una distribución desigual de los bienes que siempre perjudica al más pobre. La púrpura, el lino fino y los banquetes van en detrimento de la ropa, la vivienda y la comida de muchísimos campesinos, pescadores y artesanos de su entorno. Ni qué hablar de los mendigos, como Lázaro. Su descripción se opone totalmente a la del rico. Es pobre, está lleno de llagas, ansía las sobras de la mesa del rico y está rodeado de perros que lo lamen. Es un hombre fuera del banquete, esperando migajas. No tiene dinero para satisfacer sus necesidades básicas, no tiene ropa (desnudo, ya que los perros lamen sus llagas y está cubierto de ellas), no tiene comida, no tiene vivienda (parece habitar la puerta del rico). No pasa sus días entre las personas, sino entre los perros, entre animales. Es anónimo para el rico, que no lo registra (a diferencia de Jesús que le pone nombre propio).
Con esta pintura, con este cuadro de situación, sucede la más breve de las tres escenas de la parábola. Lázaro y el rico mueren. La expresión conservada por Lucas es muy sugerente y marca una nueva diferencia de contraste. Lázaro, al morir, es llevado por los ángeles al seno de Abraham; el rico, al morir, es sepultado. Para el pobre parece no haber sepultura, nadie se ha encargado de su cuerpo, no tiene familiares; su familia son los ángeles que lo llevan hasta el seno de Abraham. El rico, en cambio, sí recibe sepultura, y seguramente con muchos honores, pero no hay ángeles en su funeral. Paradójicamente, Lázaro recibe honores celestiales mientras de su cuerpo, llagado, no sabemos nada. El rico, sepultado según se cree socialmente conveniente, no tiene visión celestial, no tiene honores tras su muerte.
Aquí hay que hacer un detenimiento para explicar, brevemente, cuáles eran las concepciones judías del más allá. En un primer momento de la historia israelita, la teología sobre lo que sucede después de la muerte no es demasiado compleja. Existe un lugar llamado Sheol donde todos los muertos llegan; se trata de un estado de sombras, oscuro (cf. Sal 88, 7.13; Job 10, 21), como estar en un pozo (cf. Sal 30, 10), en lo profundo de la tierra (cf. Dt 32, 22). Inclusive el Salmo 88, en su versículo 6, da a entender que Dios ni siquiera se acuerda de aquellos que están en el Sheol. Son los muertos y los olvidados. Con el tiempo, cuando la teología de la retribución (los ricos son los justos recompensados por Dios y los pobres son los pecadores castigados en esta vida) se hace insuficiente para explicar la existencia, surge una división dentro del Sheol. Por un lado estará el Sheol oscuro, siniestro, con fuego, reservado para los pecadores; por el otro lado el Sheol luminoso, el seno de Abraham, donde los justos comparten el banquete escatológico con los patriarcas. Ambos compartimentos del mismo lugar están separados infranqueablemente por un abismo.
La tercera escena, finalmente, es el diálogo entre el rico y el padre Abraham. Lázaro no habla en toda la parábola. Su testimonio parte de su realidad, y eso basta. De quien no esperaría ayuda en la tierra, ahora lo espera todo el rico. Lázaro es aquel que puede disminuir sus sufrimientos, que puede quitarle el tormento por unos instantes. Pero Lázaro está en la otra habitación del Sheol, desde donde no se puede cruzar por el abismo que separa. Abraham, aclarando cualquier mala traducción bíblica, no propone que la condición de pobre de Lázaro le haya valido el acceso a su lado. No es que Lázaro recibe consuelo porque ha sufrido mucho. Abraham sólo constata lo que sucedió: Lázaro recibía sufrimiento y ahora recibe alegría; el rico banqueteaba lujosamente y ahora está en la oscuridad y las llamas del Sheol. Con el mismo juego literario de Lc 1, 52-53 y Lc 13, 30, la inversión del Reino se hace evidente. Lo destruido es construido, lo tirado es levantado, lo que no es nada comienza a ser, lo que sobra ocupa su lugar. La necesidad de una inversión histórica que, en sí, justifique a la historia humana dándole sentido, no puede ser un concepto que llegue a partir de hechos sobrenaturales. Los mismos acontecimientos diarios y los hermanos con los que nos encontramos en la tierra dan cuenta de la situación escatológica: no pueden existir para siempre los ricos cada vez más ricos ni los pobres cada vez más pobres.
Esta parábola tiene que ver con las riquezas, tiene que ver con la dignidad humana, tiene que ver con lo que sucede después de la muerte y tiene que ver con el final de los tiempos y la resolución de la historia. No sólo la historia de la humanidad se justifica en la inversión propuesta por el Reino, sino la evangelización. Anunciar la Buena Noticia es proclamar que los Lázaros estarán en el seno de Abraham, que las cosas no pueden seguir eternamente así, que más allá de la injusticia actual hay una justicia divina. Evangelizar es creer en la dimensión plenificadora de la inversión del Reino. Para muchos, una inversión de la situación es un peligro, una locura, una amenaza. Para muchos, está bien que los Lázaros existan y queden donde están, llagados, entre los perros. Para muchos, cambiar es un atentado.
Invertir el sistema tiene consecuencias gravísimas para los poderes sociales y económicos (sobre todo económicos), y también para la clase media estacionada (los pequeños burgueses). La mayoría se resiste al cambio, a pesar de ser favorecidos por las consecuencias del mismo. Se teme que lo viejo se haga nuevo, que los últimos sean primeros, que los elevados sean descendidos. Se tiene temor por lo que resultará de la locura de pensar una historia distinta.
No es posible hacer teología de espaldas a la desigualdad. La escena del rico banqueteando y Lázaro del otro lado de la puerta es la escena de todos los días en cualquier parte del mundo. La parábola no es ajena a nuestra cotidianeidad, aunque nos parezca que no entendemos el Sheol o no conozcamos la vida de Abraham. La parábola se nos mete en la historia actual desde el primer momento: hay ricos que banquetean, que se dan lujos, y se desentienden de los pobres llagados y lamidos por los perros; hay Lázaros a los que les han robado su dignidad olvidándose de ellos. Darle sentido a la vida será lograr la inversión del Reino antes de que nos sorprenda la muerte. Si esperamos la manifestación escatológica del Señor estamos desperdiciando la existencia. En cambio, si trabajamos por abrir la puerta que separa ricos y pobres para disminuir la brecha, vamos dando respuesta a las preguntas más fundamentales sobre nosotros y sobre Dios. Dios se explica en los pobres, en los olvidados, y sobre todo en los valores invertidos. Dios es pobre y oprimido, pero liberador. Dios es Lázaro llagado, pero a la vez es Lázaro en el seno de Abraham. Dios está clamando por la liberación, pero Él ya nos liberó invirtiéndolo todo.


martes, 3 de septiembre de 2013

Sin familia, sin vida propia, sin bienes / Vigésimotercero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 14, 25-33 / 08.09.13

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.”

Es evidente que la lectura litúrgica de hoy habla del discipulado. En tres oportunidades habla Jesús de ser discípulo mío, y las tres veces son lo suficientemente duras como para desalentar a cualquiera que se le cruce por la cabeza seguir al Maestro. Se habla de odiar a los familiares para ser discípulo, de cargar la cruz y de renunciar a todas las posesiones. A partir de allí, desde esa base, es posible adentrarse en un camino de profundidad en la relación con Jesús. Seguirlo a través de Palestina como una aventura, o como se sigue a un circo, lo hace cualquiera, pero ser capaz de radicalizar esa opción no es algo multitudinario. Por eso remarca Lucas que venía un gran gentío acompañándolo, y dándose vuelta, se dirige a esa masa de seres humanos para esclarecer de qué se trata la extraña existencia de este hombre de Nazaret. No es un fenómeno de feria ni un hablador ni un vendedor de buzones. Este hombre trae un mensaje tan serio, que demanda una seriedad única en sus seguidores. Veamos las tres condiciones discipulares más en detenimiento:

miércoles, 28 de agosto de 2013

Un pan que combate la estupidez / Vigésimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 14, 1.7-14 / 01.09.13

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente.Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: Déjale el sitio, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: Amigo, acércate más, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”

Pistas de exégesis (qué dice el texto)
Esta comida en casa de uno de los principales fariseos tiene cuatro partes que acentúan cuatro aspectos del Reino. En la liturgia de hoy leemos dos de ellos, mientras que el primero es cortado y el último se sale fuera de la selección. Toda la gran escena abarca desde Lc 14, 1, cuando se presenta el contexto situacional, y culmina en Lc 14, 24. El dato de que todo sucede en medio de una comida no es menor. El banquete es una de las imágenes más queridas por la Biblia para representar el final de los tiempos. En una comida final, los seres humanos tendrán la oportunidad de sentarse a la par de Dios para degustar una comilona excepcional en la que abundarán y sobrarán manjares: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados” (Is 25, 6). Así como los reyes ofrecían banquetes para agasajar invitados o para celebrar una victoria de guerra, de la misma manera Yahvé sentará a sus amigos en la mesa del Reino.

martes, 20 de agosto de 2013

Hijos en los cuatro puntos cardinales / Vigésimoprimero Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 13, 22-30 / 25.08.13

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.Una persona le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”. Él respondió: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Y él les responderá: No sé de dónde son ustedes. Entonces comenzarán a decir: Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas'. Pero él les dirá: No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!. Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera. Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos”.

Hay una inversión de las seguridades salvíficas con las que Jesús re-plantea los paradigmas religiosos clásicos, entre ellos el judaísmo. La pregunta sobre los que se salvan es común a todos los cultos; es una preocupación antropológica teñida de teología. ¿Quién puede prolongar su vida? ¿Quién puede trascender? ¿Quién puede sobrevivir a la muerte? ¿Quién alcanza el favor de los dioses? Porque la posibilidad de seguir viviendo eternamente está asociada a los dioses, a los seres superiores que son capaces de darnos la vida y de quitárnosla, por lo tanto, capaces también de prolongar nuestra esencia, nuestro ser. En aquellas religiones que creen en reencarnaciones y que sitúan a los dioses, no como cabezas del universo, sino como segundo escalón de todo lo creado (estando por encima de ellos el ciclo mismo del universo), también se plantea la situación de subsistir haciéndose uno con el universo, y mientras algunos permanecen girando en ciclos de reencarnación, otros se salvan, alcanzando esa unicidad deseada, y en cierto modo transformándose en dioses.

sábado, 17 de agosto de 2013

Credo de los evangelizadores porfiados / Editorial San Pablo

Hace un par de meses pusimos en circulación con Editorial San Pablo de Argentina un libro sobre la evangelización. Se llama "Evangelizadores Porfiados" y termina con un credo. No es un credo que vaya a suplantar los que ya tenemos, pero viene en consideración de un tipo de evangelización en la que varios creemos, hecha desde otro lugar, otra perspectiva, y quizás, desde otra fe (más adulta, más bíblica, más jesuánica).


Credo de los evangelizadores porfiados
Los evangelizadores porfiados:
Creen en un Dios viudo, huérfano y marginal
Creen que Dios es esperanza, es posibilidad, es oportunidad
Creen que Dios es Gracia
No creen que Dios quiera el mal de nadie ni que lo provoque
Creen que Dios no desea la violencia que mata
No creen en un Jesús maltratado por su Padre ni asesinado por deseo de Dios
Creen que Jesús es modelo de ser humano, y no un filósofo desencarnado o un sabio itinerante con una moral interesante
Creen que el Hijo de Dios se embarró los pies
Creen que Jesús de Nazaret es una respuesta amplia y plena para el ser humano
Creen que la resurrección afecta todo el universo
Creen que el Espíritu se mueve constantemente
Creen que el Reino de Dios es paradójico
Creen que las cosas se cambian desde abajo
Creen que la evangelización tiene que revertir el estado injusto de las cosas
Creen que los pequeños son los protagonistas
Creen que para hacer la comunión, hay que encarnarse primero en los excomulgados
Creen que debe criticar los sistemas
Creen que los banquetes son abiertos y para todos, y que en la comida compartida se hace presente el Reino
Creen que la evangelización es un servicio, y bajo ningún concepto es una colonización
Creen que el servicio es el único camino de la evangelización
Creen que la vida es para vivirla en plenitud, y esa plenitud tiene que ver con la dignidad del otro
Creen que para liberar a los otros oprimidos hay que derramar la sangre propia
Creen que el otro es un sujeto, no un objeto; un interlocutor, no un destinatario
Creen que los rótulos puestos sobre las personas no evangelizan
Creen que dejarlo todo tiene sentido, aunque vivamos en una cultura de acumular por acumular
Creen que la religión que excluye es falsa
No creen que haya mayores y menores, ni que haya los de adentro y los de fuera
No creen que haya que estar encerrados para proteger la Iglesia
Creen que hay que atravesar el mar para encontrarse con el otro
Creen que los principales sacramentos están en la vida cotidiana
Creen que la liturgia es una manifestación de la fe, pero que toda la fe no puede estar sólo en la liturgia
No creen que la evangelización busque la fe-asombro, sino la fe-confianza
Creen que las verdaderas ofrendas y limosnas son las que dignifican al otro
Creen que no se necesita dinero para anunciar la Buena Noticia
No creen que la evangelización sea una colección de milagrerías
No creen que el mundo sería mejor si todos fuesen cristianos por obligación
Creen que no hay solamente discípulos de Jesús entre los que se denominan abiertamente como tales
Creen que el Evangelio es la palabra central, antes que los Catecismos o el Código de Derecho Canónico
No creen que evangelizar consista en hacer proselitismo
No creen que se deba asustar a la gente con descripciones de un infierno de llamas agónicas y de un final terrorífico de la historia
Creen que la Iglesia no puede decepcionarse cuando sus números estadísticos son bajos
No creen que los éxitos o fracasos de la evangelización se midan con la vara del mercado
Creen que la evangelización es un compromiso de los discípulos y de Dios para con la humanidad
No creen que la fe sea privada
No creen que el miedo tenga que reinar en las vidas
Creen en la comunicación, en el diálogo abierto, sincero, honesto
Creen que el lenguaje universal es el amor
Creen que el martirio es una posibilidad
Creen que deben tomar la posición de los últimos
Creen que tienen poder, pero no poder opresor, sino liberador
Creen que hay que subir a Jerusalén, a pesar de todo
Creen que hay que permanecer al pie de las cruces
No creen que su tarea sea dirigir comunidades, sino acompañarlas
Creen que en la evangelización se debe evitar que el hermano tire su vida a la basura/Gehenna
Creen que amar a Dios y amar al prójimo son dos aristas de un mismo amor
Creen que quien ama al prójimo, evidentemente ama a Dios
Creen que quien no dialoga con el hermano que ve, no puede dialogar/rezar con Dios, a quien no ve
Creen que si la vida no se da por los otros, se hace miserable
No creen que su acción necesite un reconocimiento
Creen que hay que volver a Galilea
Creen en las utopías

lunes, 12 de agosto de 2013

Cuando María canta, canta el Pueblo / Asunción de la Virgen María – Ciclo C – Lc 1, 39-56 / 18.08.13

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.María dijo entonces: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre”.María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

En varios países, la Fiesta de la Asunción de María se celebra el domingo más cercano al día en el que tocaría celebrarla litúrgicamente. Para el caso de este año, la fiesta sería trasladada al domingo 18.08.13.

Pistas exegéticas (qué dice el texto)
El Magnificat es uno de los cánticos preferidos de muchos cristianos. En él se expresa una realidad maravillosa que repercute de lleno en la historia. En él se escucha el clamor de los pobres y, por la pluma de Lucas, podemos imaginar, como en una obra teatral, que la protagonista femenina entona líricamente este salmo neotestamentario.
La escena transcurre en la casa de Isabel, en un pueblo de la zona montañosa de Judá, entre dos embarazadas. Como varios comentaristas lo han resaltado, se trata del encuentro de dos madres y dos niños. Mientras las primeras entablan diálogo en voz alta, los segundos se comunican en otro nivel, del que nosotros nos enteramos porque el Bautista salta de gozo en el vientre de Isabel. La historia de la salvación que desarrolla Lucas encuentra su punto de contacto e inflexión en esta escena. La última madre del Antiguo Testamento se encuentra con la primera madre del Nuevo Testamento. El último profeta del Antiguo Testamento (cf. Lc 16, 16a) con el Hijo primogénito del Nuevo Testamento. La bisagra del mundo se cierne en este poblado montañoso de Judá. En la debilidad de dos mujeres israelitas, sin mayor relevancia que la de ser ellas mismas, se fortalece la acción liberadora del Dios Yahvé. Desde lo insignificante, como de costumbre, el Señor realiza las maravillas más inesperadas. De alguna manera, la construcción lucana es dramática. Colocar en un ambiente familiar perdido en las montañas el punto de inflexión cósmico judeo-cristiano es un atrevimiento. No es en el Templo que el Mesías asume el Antiguo Testamento para plenificarlo; no es en medio de un ritual elaborado con incienso y sacerdotes; no es en una reunión de varones poderosos. Al contrario, es en una casa, sin más ritual que el saludo de dos parientes, y en un diálogo informal de mujeres.

martes, 6 de agosto de 2013

Bienaventurado el que no desespera esperando / Décimonoveno Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 12, 32-48 / 11.08.13

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”. El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si este servidor piensa: Mi señor tardará en llegar, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más”.

El texto de hoy es relativamente largo para la liturgia y difícil de estructurar internamente. A primera lectura da la impresión de constituir un rejunte de ideas y frases de Jesús con un cúmulo de imágenes simbólicas y metafóricas. Lamentablemente, a primera lectura se conforma como un texto ininteligible y de difícil acceso desde nuestra cultura. Las imágenes y metáforas necesitan ser explicadas y situadas en su contexto socio-histórico, la referencia al castigo por parte del amo debe ser tamizada y adecuada, la concatenación de la argumentación necesita una línea interpretativa que la relacione. En definitiva, es un texto difícil hoy que no lo era hace dos mil años. Es una perícopa enredada para nosotros y simple para la comunidad lucana. Se pueden encontrar paralelos en Mateo, precisamente en Mt 6, 20-21, referencia a la acumulación de tesoros que no pueden ser robados, y en Mt 24, 43-51, sobre la parábola del mal servidor que se aprovecha de la ausencia de su amo y es sorprendido por el regreso del mismo. Como vemos, aquello que en Mateo está rotundamente separado, por casi un libro de distancia, por dieciocho capítulos, en Lucas constituye una seguidilla.

lunes, 29 de julio de 2013

Si entre ellos se pelean / Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 12, 13-21 / 04.08.13

Uno de la gente le dijo: “Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Él le respondió: “¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre ustedes?”.  Y les dijo: “Miren y guárdense de toda codicia, porque, aunque alguien posea abundantes riquezas, éstas no le garantizan la vida”.Les dijo una parábola: “Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha?. Y dijo: Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios”.

 (Esta parábola está abordada en el libro que editamos el año pasado con Editorial Claretiana de Argentina: Discípulos de este Siglo)

Pistas exegéticas (qué dice el texto)
A Jesús se le propone mediar una disputa familiar. Quizás, el fondo del problema sea el mismo que el de la parábola del padre misericordioso de Lc 15, 11-32: un hermano pide su parte de la herencia en vida. Lo usual es esperar la muerte del padre para repartir la herencia, pero en casos excepcionales se podía pedir por anticipado. Eso es lo que hace el hermano menor de la parábola del padre misericordioso, y eso es lo que pide hoy el que habla desde la multitud. En ambos casos el resultado parece ser la disputa familiar. Al regreso del hermano menor en el capítulo 15 de Lucas, es el hermano mayor quien se enoja y no quiere compartir la alegría del regreso. En la lectura de este domingo, la disputa fraternal ya parece estar instaurada; quien viene a pedir la mediación de Jesús, la pide porque su hermano no quiere partir la herencia todavía.

miércoles, 24 de julio de 2013

Que Dios se haga todo en todos / Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C – Lc 11, 1-13 / 28.07.13

Trabajando por lo que podrían decirse dos años arribé a un libro, a lo que sería el final de un libro (que no suele ser más que otro principio). Es un libro que costará publicar, porque su tamaño y su temática posiblemente no se correspondan con lo que se vende. Pero está en mi computadora, aguardando. Trata sobre el Reino de Dios en los Evangelios, tiene como título orientativo La obsesión de Jesús, y aquí dejo un breve fragmento que corresponde al análisis de un versículo que la liturgia católica propone leer este domingo.

(Lc 11, 2) El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino” [Mt 6, 10]

La oración ocupa un espacio primordial en el relato lucano, tanto en el Evangelio como en Hechos de los Apóstoles. Jesús ora al Padre con confianza, así como la Iglesia primitiva asume esa actitud de su Maestro para perpetuarla en su seno, como oración comunitaria guiada por el Espíritu Santo.
Jesús se retira a lugares desiertos para orar cuando la muchedumbre lo persigue porque se hace famoso (cf. Lc 5, 15-16), ora en una montaña la noche antes de elegir a los Doce (cf. Lc 6, 12), ora a solas cuando pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es Él (cf. Lc 9, 18), tras lo cual emprenderá la larga subida a Jerusalén (cf. Lc 9, 51). La transfiguración sucede enmarcada en oración (cf. Lc 9, 28-29). Y Lc 11, 1-13 contiene la enseñanza del Padrenuestro y la parábola del amigo insistente, en conexión con la parábola paralela de la viuda insistente (cf. Lc 18, 1-8). Por su parte, la comunidad apostólica oraba en un mismo espíritu (cf. Hch 1, 14), y el día de Pentecostés descendió el Espíritu sobre los que se encontraban orando (cf. Hch 2, 4); al culminar ciertas oraciones el Espíritu se hacía presente (cf. Hch 4, 31; 8, 17), y fue el mismo Espíritu Santo el que separó a Bernabé y a Pablo para la misión (cf. Hch 13, 2).